La reciente agresión sexual a una niña y la violación de otra por parte de varios chicos, algunos de ellos menores de corta edad, así como la denuncia, conocida dias pasados, de otro episodio de agresión, han reavivado el debate sobre los valores de los jóvenes y han suscitado numerosas incógnitas sobre su futuro en una sociedad cambiante y también plagada de incertidumbres.
Consumo de alcohol y de drogas, agresiones sexuales, indisciplina y violencia escolar, abandono prematuro de las aulas, rechazo de la inmigración y rebeldía sin freno hacia los padres… En definitiva, desorientación y desequilibrio entre la edad biológica y la psicosocial y comportamientos inadecuados o violentos.
¿Qué está pasando? ¿Por qué deambulan de esta manera los que están llamados a construir el futuro? Los padres se lamentan, tiran la toalla y, en el peor de los casos, conceden a sus hijos cuanto piden.
El problema es complejo y hay que abordar numerosos factores y contar con múltiples actores para analizarlo y buscarle una solución. En cualquier caso, la pregunta es inevitable:
¿Existe una crisis de valores en los jóvenes? La respuesta, al contrario de la canción de Bob Dylan, no está en el viento sino en la propia realidad.
¿Y LOS VALORES DE LOS PADRES?
Por supuesto que hay que abordar la cuestión de los valores de la juventud, pero es obligado plantearse otras preguntas:
¿Y los valores de los padres? ¿Dónde han quedado nuestros principios?
¿Y cómo es posible que una niña con una insuficiencia mental deambule por la playa de madrugada con permiso paterno?. Tampoco se entiende, y les pasa a muchos españoles, que una niña de cinco años vaya sola a la tienda de chuches.
Ni que decir tiene que la culpa del delito la tiene en primer y casi único lugar el asesino o violador, pero ¿y la tribu?, como diría el maestro.
¿Y los padres que forman el colectivo de adultos de esa tribu?
Es muy fácil culpar de todo al colegio, a Internet, a las leyes o a la tele. Siempre a otro. Quizás habría que reformular la frase de Kennedy para que quedara así: «No preguntes qué puede hacer el Estado o la autoridad por tus hijos, pregunta qué puedes hacer tú por ellos».

















